En
estos tiempos, quizás por la sobre valoración del éxito, la
belleza, lo material y el individualismo, andan muchos
enamorados de sí mismos. Pero ese amor propio exagerado,
no es algo que "se lleve por dentro", como una
autoestima sólida que permita alcanzar nuestras metas. Es un
ego que exige que los demás actúen en consecuencia a nuestra
importancia, y puede hacernos muy infelices (y rabiosos), cuando
la realidad no nos refleja como creemos ser.
Sabemos
que los Narcisos tienen baja o nula capacidad de autocrítica,
que son reacios al aprendizaje (porque ya lo saben todo) y que
probablemente no les interese mucho lo que aquí se expone. Sin
embargo, aún es válido el intento de hacer una reflexión,
para que sea leída por aquellos que podrían estar acercándose
peligrosamente a contraer este mal, o por si hubiera un
"Narciso" con el ego volando bajo, y sea capaz de
internalizar al menos parte de este artículo.
Los
Narcisos son un personaje interpretado en el mundo actual por
personas que se han enamorado de si mismas, al punto de sentir
que nada ni nadie de lo que está a su alrededor, es tan
importante como ellos. Se sienten en el centro del universo y a
su vez esperan que los demás asuman esta cualidad, pero si los
otros no lo hacen, no es porque él haya dejado de ser lo más
especial, sino por incapacidad de percibirlos como son.
Esta
imagen sobrevalorada que tienen de ellos mismos, los hace
incapaces de mirarse realmente como son. Pero los demás pueden
describirlos claramente.

*
Son profesionales que se sienten los mejores en todo lo que
hacen. Si se producen fallas, la culpa es de otros, pero los
éxitos son todos de su autoría, incluyendo los que son de
responsabilidad compartida o de sus subordinados.
*
Caminan por la oficina con paso firme, dejando un aire de
arrogancia, buscando despertar envidias, denotando
competitividad y displicencia.
*
Suelen exponer "la mejor idea" en todas las
reuniones, y si alguien intenta hacer un aporte, o peor aún,
contradecirlos, ellos hacen oídos sordos o definitivamente
descalifican y ridiculizan a aquel que los "amenaza"
con sus ideas.
*
Son buenos para abusar de la buena voluntad de sus
compañeros de trabajo, exigiéndoles todo tipo de
consideraciones, regalías y favores, pero no están dispuestos
a devolver la mano. Por ello, suelen rodearse de
"chupamedias" y alejarse de profesionales que puedan
contradecirlos, exigirles o criticarlos.
*
No tienen problema en utilizar o manipular a sus compañeros
de trabajo, con tal de conseguir objetivos personales. En
algunos casos llegan a mentir y a engañar, para que se haga lo
que ellos quieren.
*
Sus subordinados pueden sentir que terminan trabajando para
él (Narciso) y no para la empresa. Además, se sienten poco
escuchados en sus necesidades, y que no se les potencia en su
desarrollo, ya que esto desde el punto de vista de los Narcisos,
es una amenaza a su supremacía. Por lo demás tampoco
consideran que sus empleados sean capaces de surgir.
Estos
personajes pueden resultar muy atractivos por la seguridad que
exhiben, incluso admirados y seguidos como líderes. Sin
embargo, tienen una faceta agresiva e hiriente, que se
manifiesta cuando reciben la más mínima crítica o no reciben
la atención y admiración que creen merecer. Descargan con ira,
su frustración y humillación, y tienden a acentuar su
autoreferencia y arrogancia, como medida de protección de su
ego.
¿Qué pierden los Narcisos en
sus lugares de trabajo?
En
primer lugar podrían llegar a perder el trabajo. Tanto amor
propio les hace hipersensibles a la crítica, propensos a sentir
"humillación" al recibir una negativa o incluso
instrucciones. Para los jefes no son fáciles de sobrellevar
porque luchan, incluso con armas poco éticas, por alcanzar más
poder y desplazar a cualquiera que sea una competencia. Por otra
parte, resultan difíciles de capacitar ya que sienten que
"se las saben todas" y que nunca cometen errores. Esta
imagen de arrogancia es además un muy mal ejemplo para los
profesionales más jóvenes que comienzan a cultivar sus
primeros éxitos.
Al
estar tan centrados en sí mismo, les cuesta mucho adquirir una
perspectiva global para tomar buenas decisiones. Priorizan de
esta forma el éxito personal, por sobre los objetivos de la
empresa.
Tienden
a tener conflictos con sus equipos de trabajo. Su convencimiento
puede ser motivador, pero su falta de empatía los hace poco
cooperadores y tolerantes.
El
principal perjudicado es finalmente el mismo. Al sentirse tan
importante, siente que es indispensable en la empresa, por lo
que no respeta su cansancio, ni los espacios que debiera darse
para desarrollar otras áreas de su vida. A la vez, al no
soportar que hayan personas mejor que él a su lado, que le
hagan sombra, terminan por rodearse de personas más mediocres,
que no los critican ni implican un desafío de superación, pero
una vez más se sobrecargan de trabajo al asumir todas las
responsabilidades porque nadie lo podrá hacer tan bien como él
o a nadie se le ocurrirá una idea tan buena como la de él.
Otro
problema grave es la cantidad de recursos que desperdician. Si
quieren ser los mejores, necesariamente deben ir desarrollando
habilidades y conocimientos. Y para ello la empatía, la
intuición, la capacidad de escuchar y de integrar las críticas
que reciben, son fundamentales. Su ego desmedido les hace perder
muchas veces la posibilidad de perfeccionarse o enriquecerse
como personas. Ni siquiera cuentan con una mente autocrítica;
los errores no son de ellos, por lo tanto no los asumen, ni los
rectifican, ni son capaces de aprender y evitarlos la próxima
vez.
Mientras
no cuenten con una imagen más o menos realista de ellos -que
proviene del feed back que nos dan quienes nos rodean- no serán
capaces de crear objetivos realistas, ni tomar decisiones
acertadas, ni cultivar relaciones profesionales provechosas, que
en este tiempo son fundamentales para el éxito profesional.
La
humildad es una condición fundamental para alcanzar maestría,
y los otros son una fuente infinita de sabiduría que no podemos
dejar de mirar, sólo por estar hipnotizados frente al espejo
con nuestra propia imagen. Sería bueno hacerle caso, de vez en
cuando, a esos viejos refranes que nos dicen que: "el
verdadero maestro es aquel que nunca deja de aprender" o a
ese otro que simplemente sentencia: "el que menos sabe es
quien más presume" o "quien no oye consejos, no llega
a viejo".
Paula Rodríguez
O.
Periodista
UDP
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